José Ulloa levantó anclas de su Ancud natal, hace más de cuatro décadas para salir junto a su compañera de vida María Vargas en busca de nuevos vientos. Con el oficio de zapatero aprendido en el tiempo de su juventud emprendieron un proyecto de vida y de trabajo que se completaba con las ‘manos mágicas’ de ella, quién con sacrificio y humildad estudió para graduarse como modista. Con 23 años de trayectoria en la misma esquina de Avenida del Trabajo y Lisandro de la Torre anunciaron hace poco que el próximo 31 de diciembre de este 2021 será el cierre definitivo de SER.VI.CAL. En días previos al aniversario de nuestra ciudad, una vez más desde etnográficas buscamos resguardar en apenas unas pinceladas esas pequeñas grandes historias que forman parte de nuestra memoria colectiva.
“Siempre estuvimos acá”
En una tarde de primavera en la ciudad, los propietarios de SER.VI.CAL me reciben atentos sin interrumpir su labor cotidiana, entre un incesante ingreso de clientes conversamos sobre el pasado, el presente y su futuro. Me contaron parte de su historia, sus proyectos y me mostraron su taller. Hablamos de la ciudad, repasamos anécdotas, logros y hablamos del amor. El amor a la familia, el amor a toda una vida dedicada al trabajo, el trabajo que con sus manos María y José no solo repararon calzados, costuras y bolsos… sino que también formaron una familia y construyeron sueños.

José aprendió el oficio de zapatero en su juventud hace más de cincuenta años. Hoy, con una vida dedicada a su labor me indica: “Acá las zapaterías se están muriendo”. Recordando la competencia que había años atrás, pero José siempre honró su oficio, no solo con su trabajo sino enseñando a quien estuviera dispuesto seriamente a ser agradecido de aprender el arte de la reparación de calzados. Así me presentó a Sergio, quién quedo varado por la pandemia el año pasado y durante este tiempo a contrarreloj sigue aprendiendo el oficio en el mismo taller que José construyó con sus manos.

Antes de arribar a Caleta Olivia, SER.VI.CAL tuvo su paso por la ciudad de Río Gallegos durante quince años. María nos cuenta que allá tenía grandes clientes y que José incluso había sido zapatero de Néstor Carlos Kirchner y de Fredy Martínez, pero como él mismo lo mencionaba “Para nosotros, todos los clientes son iguales desde un albañil hasta el intendente”.

Con el paso del tiempo, transitaron muchas crisis. Como en la década de los ’90 con un dólar del uno a uno durante el gobierno de Carlos Menen donde la cultura del consumo hizo que el negocio bajara su intensidad. Como él mismo rememoró “Lo que no hay, lo invento. Siempre me las rebusqué”. Incluso me contó cuando en una época de penurias económicas armó un taller móvil en un pequeño colectivo y viajó por toda nuestra extensa provincia de Santa Cruz para sostener a su familia.

El rinconcito de las manos mágicas
En un taller repleto de zapatos de todos los colores, formas y tamaños se funden los tiempos de la historia entre modelos que datan de muchos años, con otros más modernos listos para volver a ser usados. En ese lugar con olor a trabajo, pegamento y cueros una imagen que quedará en nuestra memoria es la de María. Sentada en un lateral con su máquina de coser de más de cien años. Una reliquia de los tiempos viejos, pero con una precisión que las nuevas herramientas no permiten igualar.

Entre hilos, telas y recuerdos nos cuenta casi como añorando que difícilmente va a dejar de coser. A su hogar mudaría la máquina que heredó de su madre para recibir pedidos con exclusividad de sus clientas. También cuando llegue diciembre, María guardará en un lugar especial el colgante que recibió hace muchos años de una clienta que dice “El rinconcito de las manos mágicas”. En alusión a un trabajo que parecía imposible, pero que María logro entregar con perfecto detalle.

Un final feliz
María y José formaron con amor una familia ensamblada. “Somos los tuyos, los míos y los nuestros” me relataban contando historias sobre las adversidades que la vida va poniendo en el camino, el sacrificio de personas trabajadoras que se hicieron desde abajo con honradez para ver progresar a su familia. Darles educación a sus hijos y enseñarles con el ejemplo que “todos somos iguales”.
Me mostraron la gratitud recibida por su clientela de muchos años, y también expresaron el cariño a la ciudad que les permitió trabajar honradamente para vivir y disfrutar, ya que como ellos mismos expresaron “las vacaciones son sagradas” advirtiéndome además que “hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar”.
Ya casi en la despedida, entre una de sus innumerables historias, me contaron sobre la “cenicienta caletense”. Una sandalia dorada de porte pequeño y delicado que fue llevada por un cliente que jamás regreso hace exactamente veintitrés años. Apenas un recordatorio de la dedicación, la trayectoria y la calidad en el cuidado de un calzado que permanece intacto. Casi como salido de un cuento, quedara en el misterio la historia de ese ‘zapatito’ que nunca fue reclamado. Una historia sobre la cual, jamás conoceremos su final.

A diferencia de ese final, si sabemos el final de SER.VI.CAL que este 2021 abrirá al público por última vez. Con un taller repleto de trabajos por entregar y pedidos incesantes. María y José me demostraron que los finales felices si existen, tal como expresaron “El amor es contagioso” y vale la pena luchar. En su caso disfrutarán del merecido descanso de toda una vida laboral. Y así se despiden, con las valijas llenas de sueños y nuevas aventuras, como si fuera el primer día… laburando, con respeto, orgullo y dedicación.