Estoy cansada.
Cansada.
Estoy muy agotada. Sí, agotada.

Entre abrir los ojos y sentarme en la cama pasan apenas unos segundos, pero a mí me parecen siglos. Mientras observo esa gotera en el techo (recuerdo que aún no pude juntar el dinero para repararla) sigo contando. Siempre cuento. ¿Cuántas horas faltan para que llegue la noche? ¿Cuántas horas me separan de ese irresistible instante en que pueda cerrar de nuevo mis ojos?

El día todavía no empezó y ya me pesa.

El solo hecho de imaginar esa interminable lista de responsabilidades que debo afrontar durante el día me cae como un bloque de cemento. Cumplir con el trabajo. No llegar tarde. Limpiar, lavar, cocinar son apenas caricias frente a todo lo demás. Los turnos, las terapias, los trámites eternos encaprichados en congelarse en esos cajones grises que demoran meses. Las miradas juiciosas, y si. la discriminación, la exclusión, la ira, la rabia, la tristeza y, finalmente la resignación. ¿Resignación? todavía no podía sacarme de la mente esas imágenes deambulando por los fríos pasillos de las dependencias judiciales tocando puertas, temblando de miedo. Sola. Puertas que lastimosamente se abren…. había divagado por millones de años, pero en el mundo real solo pasaron cinco minutos.

La alarma sonó por décima vez. Cerré los ojos por última vez, esforzándome por atesorar esos segundos de silencios antes de salir a la vida.

Me pesa todo.
Me pesa el alma.

“Es lo que me tocó”, me digo.
Me lo repito hasta agotarme.

Ya sé que si me quedo cinco minutos más en la cama puedo perder el turno, la medicación, el certificado, el papelito del papelito que falta. Y después vendrán horas extras de filas, oficinas, puertas cerradas y números que nunca alcanzan. Trámites que se multiplican inútilmente hasta el fin de los tiempos.

Así que respiro.
Aprieto los dientes.
Y me levanto.

“Es lo que me tocó”, vuelvo a decir.
“No tienen a nadie más”.
“Voy a poder”.
“Yo puedo”

“Yo pued…»

“Yo pue…»

“Yo pu…»

“Yo p…»

“Yo…»

Frases hechas que se repiten en mi cabeza como un taladro que no se apaga.

Hace frío.
Hace semanas apagamos el único calefactor para ahorrar gas. Las sábanas están heladas, casi húmedas. Me muevo despacio para no despertarlo. Porque cuando duerme habito un pequeño territorio que es sólo mío.

Limpio la casa.
Hago la tareas pendientes. Olvide pagar la boleta de la luz.
Ya me puse más o menos al día en el trabajo que tengo además de mi trabajo.

Porque nada alcanza para llegar a fin de mes. Y los pibes comen todos los días. Los 365 días del año. Aunque no pueda llevarlos de vacaciones. Ellos no dicen nada. Pero sé que les duele ver como sus compañeritos regresan de algún que otro paseo por ahí. Hago de cuenta que no me afecta. El día no tiene más horas para hacer más changas. Ahora con 12 horas y el banco de horas y de no sé que… ya veremos.

En medio de todo el caos no logró recordar cuándo fue la última vez que tuve tiempo para mí.

Tal vez fue hace años.
Tal vez nunca.

Y a vos, que estás del otro lado, te digo algo.

No repitas como loro “no estás sola”.
No digas “vos podés”.

Si la tenés cerca, abrazala.

Pero abrazala fuerte.
Tan fuerte que sientas su corazón latiendo cansado, golpeando contra el pecho como si estuviera corriendo una maratón que nunca termina.

Vos, que la tenés a unas cuadras.
A tu amiga.
A tu hermana.
A tu madre.
A tu hija.
A la piba del barrio.

Andá.

Salí ahora.

Tocale la puerta y decile: “me quedo un rato”.
Regalale dos horas.
O una.
O media.

Si no podés, regalale diez minutos.

Diez minutos en los que nadie le pida nada.

Ese tiempo es oro.

Porque la última vez que tuvo cinco minutos… los usó para llorar.

Sí. Para llorar.

Y aun así, no sabés cómo lo agradeció.

Porque mañana, cuando vuelva a abrir los ojos y el cansancio le caiga encima otra vez, va a seguir estando sola.

Pero no le va a doler tanto.

Porque hoy, aunque sea por un rato, supo que no lo estaba.

Somos muchas las cuidadoras.

Hermana, te abrazo.

Todas las mañanas pienso en vos. En esas mañanas donde el alma pesa como una roca. Y, aunque no nos conozcamos, cuando imagino que vos también te levantás y seguís luchando…

yo también me siento un poco menos sola.

Compartir