El mundo atraviesa un cambio de época. Inexorablemente, todo aquello que dábamos por cierto hoy se tambalea. En este escenario, Estados Unidos, en menos de noventa días, ha lanzado dos ataques contra países con las mayores reservas de petróleo del planeta, acelerando la ruptura de tratados internacionales y empujando a la humanidad hacia un nuevo clima de incertidumbre.
En paralelo, en la Argentina emerge un Javier Milei envalentonado que durante la apertura de sesiones profanó símbolos profundamente arraigados en la identidad nacional. Al mismo tiempo, bate récords de audiencia en un clima de exacerbación donde el “otro” se transforma en enemigo, encarnando los preceptos de una ultraderecha cada vez más cruel y ensimismada.
En este cambio de época, la política santacruceña no es la excepción. Quedó lejos aquella premisa de “funcionarios que no funcionan”. Hoy asistimos —en el mejor de los casos— a la naturalización de una fauna política que se metamorfosea sin tapujos, profanando funciones para las que nunca fue electa.
Gobernadores que pintan escuelas. Diputados que anuncian obras como si fueran intendentes. Intendentes que ofician de promotores turísticos. Senadores que confunden el “trabajo en territorio” con colocar carteles en playas de la región y que, cuando debieron defender los intereses de su pueblo, prefirieron salir a fumar a las escalinatas del honorable reciento.
Funcionarios convertidos en influencers. Legisladores que se comportan como jueces. Concejales que mutan en animadores de fiestas.
Ya no importa discutir si se trata de errores de interpretación o de supuestas “jugadas políticas magistrales”. Oficialismo y oposición parecen surfear un mar de incompatibilidades funcionales que, lejos de construir, confunden los roles entre poderes, debilitan las instituciones del Estado y retrasan la llegada de soluciones urgentes a problemas reales.
De gobernador a “político multifunción”
Dentro de este proceso, uno de los casos más paradigmáticos es el del propio gobernador Claudio Vidal. Con producciones audiovisuales para redes sociales al mejor estilo hollywoodense y fiel a su estrategia de construir cercanía, se ha transformado en un símbolo de la multifuncionalidad política.
Petrolero, minero, ganadero, pintor, estibador, pescador, carpintero. Poner en valor las actividades productivas de la provincia no es, en sí mismo, criticable. Pero la pregunta inevitable es otra: si el gobernador debe ocuparse personalmente de estas nimiedades, ¿quién está sentado en la Casa de Gobierno analizando los problemas estructurales y tomando las decisiones que realmente importan?


“Senadora, a sus zapatos”
Otro ejemplo de esta metamorfosis política es el caso de la senadora Natalia Gadano, una de las manos que sistemáticamente ha votado en contra de los intereses del pueblo santacruceño.
Entre sus obligaciones institucionales se encuentran presentar informes sobre su gestión, asistir a las sesiones, votar y cumplir con la Constitución y las leyes. Sin embargo, más allá de las razones que la llevan a acompañar el modelo libertario —decisión que forma parte de su propia construcción política— resulta imposible ignorar las contradicciones entre sus votos y el discurso social que intenta sostener.
Mientras en el Senado acompaña medidas que afectan a los sectores más vulnerables, en el territorio organiza carreras solidarias, reparte viandas navideñas o encabeza campañas benéficas.
Pero colocar cartelería en las playas de la región ya roza lo grotesco. No por la acción en sí, sino por lo que revela: una preocupante confusión sobre el rol institucional que debe ejercer.
Como dice el refrán: senadora, a sus zapatos.


Las intendencias paralelas
Otra metamorfosis llamativa en Santa Cruz es la creación de nuevas secretarías provinciales para “fortalecer” el trabajo territorial.
A comienzos de 2024 ocurrió con el nombramiento de Julio Bellomo como interventor del Lago Buenos Aires. Hoy sucede con el flamante secretario Javier Aybar. Son apenas dos ejemplos de un fenómeno que empieza a instalarse en la agenda pública por el caos político que genera dentro de cada comunidad.
La confusión es doble. En Los Antiguos, por ejemplo, la superposición de funciones resultó contraproducente cuando un gobernador del mismo signo político instaló una secretaría encabezada por un ex intendente de otra facción política. El resultado fue malestar interno, tensiones políticas y escenas que, por momentos, rozaron la comedia.
Quizás esta forma de co-gobernar sea parte del nuevo clima de época. Lo cierto es que las intendencias, además de enfrentar los problemas cotidianos de sus comunidades, deben lidiar con internas de su propio sector donde diputados por el pueblo asumen atribuciones como si fueran intendentes de hecho.


¿Estrategia de poder o desinteligencia política?
Las metamorfosis también alcanzan a la oposición.
Un caso emblemático es el del intendente Pablo Grasso, quien recientemente declaró que “no formará parte de ningún acuerdo que le dé la espalda al pueblo”, poniendo en duda su identidad kirchnerista. Su postura es legítima: nadie está obligado a permanecer en un espacio donde no se siente representado.
Lo que genera desconcierto es la intensa presencia publicitaria de su gestión en Caleta Olivia. No solo promociona las virtudes de su administración, sino que muchas veces parece hablar como si ya fuera el gobernador electo de Santa Cruz.
Otro movimiento llamativo es el acercamiento del intendente Javier Belloni al vidalismo, difundido en distintos medios como el inicio de un posible acuerdo político de cara a la próxima contienda electoral.
A esto se suman nuevas modas: intendentes convertidos en promotores, ministras de Producción que colonizan el turismo para hacer “turismo político”, y figuras del oficialismo que se mueven como piezas de ajedrez, capaces de enroscarse y cambiar de posición según lo requiera la estrategia del juego.


Si nos organizamos… gobernamos todos
Parafraseando La metamorfosis de Franz Kafka, podríamos pensar este proceso como una alegoría política: una crítica a la burocracia, a la impotencia de las sociedades y a los efectos deshumanizantes de los sistemas institucionales.
Podríamos enumerar un sinfín de casos donde la transformación se presenta como novedad, cuando en realidad solo es una mutación que intenta simular algo distinto.
Es la política: ese arte fascinante de hacer posible lo que parecía imposible.
Pero en este nuevo tiempo las mutaciones deberán tener en cuenta un dato fundamental: la ciudadanía ya no firma cheques en blanco.
Más atenta que nunca, observa.
Y los funcionarios, en sus últimos meses o años de poder, deberán decidir cómo caminar con la frente en alto: si privilegiarán sus propios intereses o si finalmente cumplirán con la voluntad popular para la que fueron elegidos.