Por Laura Córdoba
Hay lugares de la Patagonia donde la distancia no se mide en kilómetros. Se mide en silencios, en inviernos largos, en ríos que crecen y cierran los caminos, en las horas necesarias para llegar a una escuela, a un médico o, simplemente, a otra casa.
Son territorios donde vivir no significa habitar. Significa aprender a leer el paisaje, resistir el clima y construir una forma de vida allí donde, durante mucho, tiempo parecía no haber nada.
Domingo Rodríguez tiene 75 años y nació en uno de esos lugares. A unos setenta kilómetros de Lago Posadas, en una zona rural cercana a la frontera con Chile, nació y pasó toda su vida. Lo cuentan sin solemnidad, como quien enuncia una evidencia:
-“Nací del lado de la Argentina, pero bien cerca de Chile”.
Allí, en ese borde cordillerano, todavía permanece la casa familiar.
Mientras lo escucho, tengo la sensación de estar frente a alguien que no necesita levantar la voz para contar una historia enorme. Domingo habla despacio. En su memoria aparecen nombres, caminos, animales, ríos. No habla de sí mismo como un héroe, tampoco se nombra pionero. Sin embargo, su vida guarda algo de esa Patagonia construida, muchas veces, por quienes –simplemente- eligieron permanecer.

La naturaleza salvaje: donde el invierno también educa
En el paisaje de Domingo hay una presencia constante, un protagonista que observa todo: el cerro San Lorenzo. Un gigante de nieves eternas que acompaña desde hace generaciones la vida de las familias de ese rincón de Santa Cruz.
De sus cumbres nace el río Oro, que corre hacia el lago Pueyrredón antes de continuar hacia Chile. Domingo habla del agua como quien habla de una compañera antigua. Sabe por dónde corre, cuándo crece, cuándo puede cerrar el paso y cuánto pasto puede producir cuando llega el verano.
Cuando le pregunto qué es lo que más ama de ese lugar, no habla de posesiones ni de comodidades. Habla del verde, de los chorrillos, de las lagunas, del pasto que crece durante los meses cálidos. Y después nombra algo más sencillo, que, resume una filosofía entera: la tranquilidad.
-“No hay vecinos qué molesten ni ruidos”, dice.
Pero esa tranquilidad tiene su precio. Desde lejos, hay sacrificios de la vida patagónica que cuesta imaginar. Durante el invierno, las distancias parecen agrandarse y los caminos pueden volverse intransitables. En verano, el río crece con tal fuerza que durante dos o tres días nadie logra pasar. Después el agua baja y la vida sigue.
Domingo lo cuenta con la naturalidad de quien aprendió hace mucho que la naturaleza no se controla, se conoce, se espera y se respeta.
Pienso entonces que el invierno también educa. Enseña a esperar. Obliga a perseverar. Hace del coraje una práctica vivida, sin necesidad de convertirlo en una hazaña. Allí no hay heroicidades cotidianas: hay trabajo, animales que cuidar, leña que juntar, agua, comida, caminos que revisar. Hay que levantarse y seguir.
El San Lorenzo permanece como testigo de todo eso. Ha visto pasar generaciones de hombres y mujeres de campo, familias, trabajadores, viajeros y pobladores. Del lado argentino, dice Domingo, todavía es poco el movimiento turístico. La montaña continúa allí, casi intacta, como si atesorara una historia que todavía no terminamos de escuchar.
Tal vez, por eso Domingo resulta inseparable de ese paisaje. No solamente vive frente al “San Lorenzo”. De algún modo, forma parte de esa geografía.

Una educación heredada: la familia como primera escuela
La historia de Domingo empieza antes de su nacimiento.
Sus abuelos llegaron a la zona en 1921 y, hacia 1924, tomaron posesión del lugar donde él nació y donde todavía vive. Su abuelo se llamaba Tiburcio Rodríguez. Roberto, el padre de Domingo, fue el hijo mayor de Tiburcio.
Antes de llegar a aquel rincón, la familia había recorrido buena parte de la Patagonia. En los recuerdos de Domingo aparecen Neuquén, Chubut y Santa Cruz como estaciones de una larga travesía familiar. Su abuela había llegado siendo niña, junto a su madre y sus hermanos. Más tarde, en El Chalía, conoció a Tiburcio, con quien se había cruzado años antes en una escuela de San Martín de los Andes.
Allí nació Roberto.
Después vendrían Cañadón Verde y las estancias de la zona de Lago Posadas, hasta que Tiburcio encontró el lugar que terminaría convirtiéndose en el hogar de la familia.
Hay algo profundamente patagónico en esa historia: llegar, trabajar, buscar un lugar y quedarse.
Tiburcio había trabajado primero en la estancia “El Bagual”, una de las pocas que existían por entonces en la zona. Más tarde se internó en aquel territorio que todavía parecía vacío. Una comisión de tierras recorrió el lugar, encontró allí a la familia. Le hicieron una solicitud para formalizar la ocupación y le pidieron a Tiburcio que eligiera un nombre para el establecimiento.
El nombre fue “Porsiquede”.
Domingo rememora ese bautismo con cierta extrañeza. No sabe explicar exactamente de dónde salió esa palabra. Simplemente fue la que su abuelo pronunció y la que quedó.
Con el tiempo, aquel nombre nacido en la espontaneidad de un momento se convirtió en el nombre de una tierra, de una familia y de un legado.
En ese recorrido familiar aparece una relación particular con la educación. Durante su infancia, Domingo no pudo ir a la escuela. La escuela de Lago Posadas había permanecido cerrada durante años y recién volvió a funcionar alrededor de 1962. En aquel tiempo, el aislamiento era mayor y los habitantes de la zona eran escasos.
Su abuela intentó enseñarle. Primero las vocales, después el abecedario. Pero Domingo no aprendió a leer ni a escribir. Su abuelo tampoco había aprendido. Su padre tampoco. Y él, siendo niño, decidió que quería parecerse a ellos.
Hay una frase suya que me conmueve especialmente:
-“Mi idea era no saber nada porque mi abuelo era analfabeto y mi papá también, entonces yo quería ser igual”.
Sin embargo, la historia no terminó allí.
Cuando tuvo hijos, Domingo les dijo que estudiar era importante. Él no había tenido esa oportunidad, pero quiso que ellos sí la tuvieran. Sus hijos hicieron la escuela primaria y continuaron estudiando.
El hombre que no aprendió a leer fue, sin embargo, quién transmitió a su familia el valor de la educación.
Entonces comprendo que una familia también puede ser una escuela. Una escuela sin pizarrones, sin bancos y sin libros, pero llena de otros saberes, como sobrevivir, trabajar, cuidar a los animales, atravesar un invierno y cómo esperar a que baje un río.


El trabajo silencioso: hacer soberanía permaneciendo
Hay una palabra que vuelve una y otra vez cuando escucho a Domingo: “quedarse”.
Podría haberse ido al pueblo. Podría haber abandonado aquel territorio difícil. Podría haber elegido una vida menos solitaria.
Pero no lo hizo.
Después de la muerte de su padre y de su tío, continuó en el lugar. La posesión familiar iniciada por Tiburcio en 1924 siguió siendo una presencia concreta en la frontera.
A veces pienso que existe una forma de hacer soberanía que no aparece en los discursos. No lleva banderas ni uniformes y tampoco necesita grandes gestos. Consiste, simplemente, en habitar.
En permanecer cuando todo queda lejos. Domingo representa esa forma silenciosa de hacer soberanía.

Su historia familiar comenzó en una época en que los límites fronterizos eran borrosos. Sus abuelos llegaron cuando había muy pocas estancias y pocos pobladores. La distancia también los mantuvo alejados de las huelgas de los obreros rurales que alcanzaron otros lugares de Santa Cruz. Durante la última dictadura militar, según recuerda, las noticias llegaban principalmente por radio, y sin alterar la vida cotidiana de aquella zona rural.
Esa misma distancia que durante décadas fue sinónimo de aislamiento empieza hoy a despertar interés turístico. Pero Domingo mira ese futuro con prudencia. “Porsiquede seguirá siendo durante muchos años, lo que fue hasta ahora, un lugar lejos del mundo, verde, tranquilo y difícil de alcanzar”.
Al terminar nuestra charla vuelvo a pensar en sus manos, aunque nunca las haya visto trabajar. Imagino sus manos curtidas por el viento, por la honra del trabajo y por los dolores de ausencias pasadas.
Imagino a Tiburcio llegando, buscando un lugar para afincarse y dándole un nombre.
A Roberto continuando.
A Domingo heredando la tierra, pero también una manera de estar en el mundo.
Tiene cuatro nietos, habla de sus hijos con orgullo y de su esposa Irma, con una ternura que aparece casi sin necesidad de explicarla. La familia se reúne en los cumpleaños. Y en esos encuentros celebran estar juntos, avanzan, conversan al lado de la estufa. Comparten el mate sagrado de los días de campo, las tortas fritas más ricas del mundo amasadas por Irma, la dicha de los hijos y la compañía a la distancia de hoy su única hermana en este plano, “Rosalinda”, que vive en San Julián, pero que sigue de cerca la salud y novedades de su hermano mayor.

Antes de despedirnos, le pregunto qué consejo les daría a sus hijos y a sus nietos.
Domingo responde: “lo principal es estudiar. Que cada uno pueda trabajar dignamente. Qué pueda elegir su propio camino. Qué pueda hacer aquello que le guste”.
Me quedo pensando en esa respuesta.
El hombre que nació en un lugar donde no había escuela, es quien comprende que la educación puede abrir caminos.
El hombre que pasó su vida en una frontera silenciosa sabe que la libertad también consiste en poder elegir dónde y cómo vivir.
Quizás por eso, cuando pienso en Domingo Faustino Rodríguez, no pienso solamente en el hombre que se quedó. Pienso en una Patagonia hecha de familias que llegaron, trabajaron y permanecieron. De abuelos que dejaron una tierra y un nombre. De padres que continuaron. De hijos que eligieron quedarse. En nietos que ahora pueden mirar hacia otros horizontes.
Y pienso en el San Lorenzo.
Allí sigue, enorme y silencioso, cubierto de nieve, mirando desde arriba la pequeña historia de “Porsiquede”.
Quizás nadie como Domingo pueda contar mejor cuanto cuesta permanecer.
Y cuánto vale hacerlo.
Me gusta imaginarlo en un atardecer, celebrando su cumpleaños 75, sentado junto a la estufa de leña. Afuera, el frío hará lo suyo y el San Lorenzo seguirá allí, imponiéndose de colores inesperados junto al ocaso. Adentro, alguien pondrá la pava y sus hijos se acercarán con los mates.
Entonces le acercarán esta nota.
Se la leerán despacio. Tal vez se detengan en algún nombre, le muestren una fotografía y le digan: “Mira, papá, acá estás vos”. Puede que Domingo se ría.
Quizás corrija algún recuerdo. Tal vez diga que exageramos.
Quisiera que esta crónica fuera eso, ante todo, un pequeño obsequio para sus 75 años. El reconocimiento a una vida que transcurrió lejos de las miradas, haciendo aquello que en la Patagonia parece tan sencillo y, sin embargo, exige tanto: quedarse.
Allí, a los pies del San Lorenzo, los sueños se construyen despacio.
Con madera, trabajo, paciencia y memoria.
Afuera, la montaña.
Adentro, el fuego.
Y entre ambos, la familia.
Feliz cumpleaños, Domingo.