Es invierno. Podía sentir la lluvia que golpeaba durante la noche patagónica en mis sueños. Escapaba de la pesadilla nocturna infinitamente repetida de huir de mi muerte. Las lágrimas son reales. El sudor de las sábanas me recuerda que olvide desvestirme y secarme la bronca antes del sueño. Son piezas de rompecabezas que se unen y se quiebran al mismo tiempo. La pesadilla de «huir» de la nada, hacia la nada por los tiempos de los tiempos. La persecución de mí propia mente me alimenta ferozmente la sangre hervida. La bronca contenida. Las décadas de sufrimiento silencioso. Y otra vez! La indómita oscuridad. El descenso al corazón de las tinieblas de la noche más oscura que pudre mi cabeza. ¡Siii! lo soñé, y tal como dice una canción «iba corriendo a la deriva». Desesperadamente lentificaba los secretos de mi mente y de mi alma para hacer la noche más larga. Evitar despertar a pesar de la desolación era una tarea cotidiana. Era sobrevivir a la realidad de estar despierta.

Pero esa noche. La lluvia inundó mi ser de algo diferente. Era un sueño nuevo… a medida que escapaba de ese desierto inútil me iba transformando en esa estrella del rock que cantaba a toda voz. Hasta que un ser desconocido me regaló su canción y juntos nos hundimos en la magia de ese momento. No escuchaba mi voz, pero podía oírla. Un himno al amor… «Y ahora estás aquí vestida de sueños… vamos juntos a escribir y gritar…. a gemir en una sola voz. Y vivir… hasta que el sudor entre mis piernas y mi ropa sucia dejen de ser lágrimas y se conviertan en canción. No vamos a parar de resistir la tentación de vivir (una vez más)».

Psicólogos y mentalistas me explican en mi propio sueño lo que me pasa. ¡Pero ya no necesito saber qué me pasa!! No necesito hoy saber. Hoy necesito nacer, necesito ser para volver a mi. Está vez en sueños. En sudores incontrolables de una noche de invierno. Hasta que me convierta en música y sienta la libertad al fin. Hasta abrazar la libertad para salir del gueto de mi mente. Aunque sienta el cansancio de mi cuerpo sediento y los golpes invisibles me continúen torturando, voy a volver por más. Los cementerios quedaran atrás. La tumba de Marx, el monumento a Cristina y al Jefe de la Ciudad. Ninguna pandemia o viruela del mono nos volverá a robar la libertad de vivir. De sentir la FELICIDAD, esta vez, al menos en mis sueños. Afuera sigue lloviendo. Sonó la alarma. El reloj marca las seis, otra vez a despertar.

Por Laura Córdoba

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